El conde Víctor Lustig se paró delante de una gran puerta de doble hoja custodiada por un hombre tan alto como robusto, de nariz achatada. El guardia la abrió de par en par y se hizo a un costado. El conde se quitó el sombrero de ala ancha y avanzó. Llevaba un traje beige oscuro, corbata al tono y camisa de seda grabada. No era muy alto, tenía los ojos vivarachos, el cabello cortado al estilo militar y una cicatriz desde el extremo del ojo izquierdo que descendía hasta el lóbulo de la oreja.
Su anfitrión estaba sentado en un sillón que parecía un trono, situado en una esquina de la habitación, al lado de un alto velador. No pronunció palabra, sólo fumaba un cigarro interminable. El también tenía una cicatriz en la cara. Miró a Víctor directo a los ojos y...