Hay vivos que son muy vivos y muertos que lo son aún más. Muertos tan vivos que les crece el pelo y pegan el estirón. Que son y no son. Que mueren de vivos para resucitar en un calabozo, infierno mundano en el que acabó un hombre que quiso literalmente pasar a mejor vida. Para ello contrató un suculento seguro personal, de los que hacen ricos al que queda detrás y le cuestan un potosí al que los firma con la intención de dejar un lustroso y forrado cadáver. Consuelo amargo. U oportunidad dorada. Esto último tentó al hombre de nuestra historia, decidido a legar una fortuna a su madre en caso de sufrir un accidente fatal como el que poco después (oh, azares del destino) sufrió. Y no sufrió: la aseguradora le devolvió el pulso con un investigación tan brillante como simple. Bastó...